Historia de Astore
third half spirit
Astore: La leyenda de un símbolo.
Escuché en una ocasión una vieja leyenda sobre un azor que tenía el don de presentarse de las más variadas formas. Su poder consistía en convertirse en espíritu de equipo, como sana rivalidad y como afán de superación personal.
Era muy difícil verlo, pero todo el mundo sabía que estaba: se sentía. Con un solo batido de sus alas transformaba un campo de juego embarrado en cómodos asientos donde compartir la experiencia con los amigos. Con dos batidos convertía el sudor en aroma y la mueca de esfuerzo en sonrisa. Y con tres… con tres batidos de sus alas se decía que era capaz de conjurar a los ancestros de los jugadores que se reencarnaban para compartir los mismos espacios y sitios en los que habían sudado años e incluso siglos atrás.
Era el azor un espíritu mítico, el espíritu de los montes al lado del mar. Pero hubo un momento en el que el deporte, dejó de ser lo que había sido y se convirtió en enfrentamiento, en lucha no deportiva. Y aquel espíritu mítico que había volado lo mismo entre campos de cultivos que entre césped cubierto de líneas quedó preso de una jaula.
Desaparecieron entonces los tiempos en los que después de competir se llegaba a compartir con el otro aquellos momentos de sana disputa, los tiempos en los que la camiseta manchada de sudor, ilusión y revancha se transformaba en una cómoda y confortable prenda; y se olvidó así el third half spirit, el abrazo sincero, el momento en que uno se siente orgulloso por haber competido con la persona que le mira a los ojos y a quien a los ojos mira...
Mas el azor es un animal que se caracteriza por su gran capacidad de adaptación, por su adecuación a espacios y ambientes. Es elástico, dinámico, flexible, sobrio, absolutamente elegante y, sobre todo, tenaz.
Tanto es así que el azor, fue capaz de consumirse y estilizarse hasta tal punto que descubrió que podría escurrirse por los barrotes de su jaula. Aquello era capacidad de acomodación a las circunstancias, de ver una realidad en permanente cambio, y poder adecuarse no a los cambios de una época sino a una época de cambios.
Y llegó el día en el que sacó la cabeza entre las rejas; y llegó el día en el que no sólo fue la cabeza lo que sacó sino el cuerpo entero. Y como no le gustó lo que veía, decidió entonces convertirse en símbolo. Pero un símbolo especial, un símbolo con poderes. Y es que pensó que la mejor manera, si no la única, de transmitir todo lo que había sido era pegarse a la piel: a la piel de las personas, cerca de sus corazones.